
Espacios como Ambulante son esenciales para pensar el presente, pero también para nutrir esperanza y asomarnos —aunque sea por instantes— a otros mundos que no sólo son posibles, sino que ya existen. Es uno de los grandes poderes del cine: además de narrar, nos deja ver. En un tiempo saturado de cinismo y miedo, ese vistazo puede recordarnos que lo que existe no es lo único que puede existir.
Vivimos en un mundo marcado por la guerra. Un régimen de guerra global resurge y exhibe la cara del capitalismo: el genocidio en Gaza, la escalada en Medio Oriente y la violencia que atraviesa México. La máscara del liberalismo, el desarrollo y la modernidad se cae a pedazos: se derrumban certidumbres y el sistema ya no busca contener la violencia y el despojo, sino administrarlos.
El resultado es una vida cada vez más precarizada y degradada. No es un accidente, es una forma de producir subjetividades. Todxs, de una u otra manera, quedamos atrapadxs ahí: desde el extremo brutal del despojo y la desaparición, hasta la ingeniería social que nos repite que no hay alternativa; que lo único realista es acostumbrarnos a una vida degradada.
Por eso resuena tan fuerte lo que la pensadora mapuche Moira Millán llama terricidio: una maquinaria que convierte territorios en recursos, devasta ríos, montañas y bosques, y quiebra la relación cuerpo-territorio. El terricidio articula ecocidio, genocidio, epistemicidio y feminicidios como expresiones de un orden colonial-patriarcal de muerte. Así es el capitalismo de hoy: un sistema que pretende mejorar sin cambiar nada. Por eso toda mejora anclada en las promesas de la modernidad implica territorios y cuerpos de sacrificio. En ese contexto, hablar de “transición energética”, “combate al cambio climático” o “democracia” suele funcionar como eufemismo: despojo administrado con mejores discursos, instituciones y tecnologías.
Me gustaría retomar a Gustavo Esteva y su crítica al desarrollo. Tal como se nos vendió, el desarrollo fue un espejismo: una promesa de bienestar que, en nombre de alcanzar a otros, profundizó desigualdad y violencia. No sólo organizó economías: organizó deseos y dependencias; nos educó para sentirnos carentes y mirar hacia arriba para pedir soluciones al Estado, la tecnología, el experto y las instituciones, perdiendo la capacidad de reconocer lo que tenemos a la mano. Si hoy estamos en una era de posdesarrollo, la pregunta es: ¿qué viene? Lo que viene, dice Esteva, tendría que parecerse a una era de la hospitalidad. Hospitalidad como práctica crítica: hospedar al otro a pesar de la diferencia; abrir un espacio en medio de la barbarie para escuchar y sostener la vida. Y esa hospitalidad se apoya en tres claves: esperanza como fuerza social para abrir caminos, sorpresa como interrupción de lo inevitable, y amistad como práctica política: la trama que hace posible cuidarnos y sostenernos.
Dicho de otra forma: no se trata de repetir recetas. En América Latina ya intentamos descolonizar el Estado desde izquierdas progresistas, y con frecuencia el resultado fue lo contrario: más extractivismo y un manejo más eficiente del capitalismo. Por eso toca dejar de mirar hacia arriba y volver a organizarnos desde abajo. Estos ochenta años de desarrollo nos han convencido de que somos personas necesitadas: que no podemos sanar, aprender o alimentarnos sin mediación de instituciones, expertos o mercados. Las ciudades han hecho inútiles nuestros pies; los sistemas escolares, nuestra capacidad de aprender; los hospitales, nuestras posibilidades de sanarnos; y la agroindustria, nuestra manera de comer. La solución que se nos ofrece es paradójica: más dependencia, menos autonomía. Por eso lo que toca es recuperar autonomía: autogestión, organización y reapropiación de lo cotidiano, entendiendo que —estemos donde estemos— vivimos un conflicto ecológico permanente contra el capitalismo, una disputa por las condiciones mismas de la vida que sólo se puede disputar en un colectivo en común.
En ese sentido, me parece muy potente empezar este encuentro hablando de confabulaciones. Porque el prefijo con- es esencial para esta época de hospitalidad. Fabular suele transmitir un mensaje de fantasía, de utopías de lugares que no son, que no se alcanzan. Pero confabular tiene un significado radicalmente distinto: implica “ponerse de acuerdo para emprender un plan ilícito”, dice el diccionario, es una desobediencia, es fabular a contrapelo, es decir, atrevernos a imaginar algo distinto en el aquí y en el ahora. El prefijo con- es a su vez clave si queremos conspirar, es decir, “unirnos contra el soberano”. Con-fabular implica conmoverse, moverse en conjunto, pero desde el corazón, dejarse interpelar y a su vez rechazar lo que parece inamovible. El con- nos regresa al común, nos obliga a salirnos de lo individual para repensar en y con el mundo.
Carlos Tornel, parte del Tejido Global de Alternativas
Zacatecas 142-A, Roma Norte, Cuauhtémoc, C.P. 06700, Ciudad de México